Biodiversidad y ecosistema son palabras que en los últimos años se usan mucho. Lo cual no significa que sepamos todos lo que significan exactamente. Aunque tenemos la intuición de por dónde va la cosa, ¿no?
En términos muy sencillos, casi coloquiales, la
biodiversidad es un buen indicador de la riqueza de un lugar, un paisaje, un territorio... Hace referencia a la variedad y cantidad de especies diferentes que habitan en una zona. Y es un indicador muy bueno de su calidad ambiental, por así decirlo. En términos más generales, podemos hablar de diversidad de paisajes, de colores, de texturas, de formas de vida,... Un mundo diverso sería lo contrario a un mundo gris y uniforme, para entendernos.
Por cierto, que hay muchas formas de vida que pasan prácticamente desapercibidas a nuestros ojos. En realidad, cuando caminamos por un lugar, lo que somos capaces de percibir es tan solo una pequeñísima parte de lo que allí habita. Miles de invertebrados, insectos, hongos, musgos y líquenes, pequeñas plantas y especies microscópicas están ejerciendo su incesante e imprescindible labor y contribuyendo a construir cada paisaje. Y, sin embargo, nosotros ni siquiera sabemos que están allí.
Porque en un
ecosistema, tan importantes como los elementos que lo componen son las relaciones que se establecen entre ellos. La abeja que liba el néctar de la flor y así contribuye a su polinización y su reproducción, las bacterias que descomponen los restos vegetales o animales y crean suelo fértil para nuevas plantas, los predadores que contribuyen a equilibrar las poblaciones de herbívoros... Los ejemplos son miles: un ecosistema es como un enorme tejido de relaciones mutuas donde al final, todo funciona. Para entendernos, es parecido a una ciudad, donde unos hacen pan, otros construyen o arreglan casas, otros se encargan de recoger la basura que producimos, otros transportan personas y productos, otros enseñan, otros aprenden,...
Solo que un ecosistema funciona aún mejor. No genera residuos, por ejemplo. Ni requiere otra energía que la del sol. Eso sí, todos los ecosistemas, en mayor o menor medida, necesitan agua.

Y hablando de agua y de ecosistemas, la realidad de que los ríos son complejos y ricos ecosistemas y refugios de biodiversidad es algo muy fácil de ver y de sentir si te acercas a un río y paseas tranquilamente por sus riberas...
Ya os hablé en la entrada anterior del paseo por los Cañones del Ebro... Pues durante esos tres días pudimos ver ánades y garzas reales, buitres y alimoches, colirrojos reales, currucas capirotadas y al martín pescador, vimos ardillas y huellas de tejones, oímos al cuco y al alacrán cebollero, al cárabo y al autillo, oímos ladrar a corzos (¡no solo ladran los perros!) y cantar a las ranas y a los ruiseñores, vimos nadar a las truchas, bucear al mirlo acuático y reptar a las culebras. Y esto es solo una parte, de verdad.
Cierto es que yo tuve la suerte de ir con Roberto, un amigo que sabe mucho y me iba enseñando lo que mis ojos no veían o mis oidos no sabían escuchar... Pero seguro que vosotros también podéis echaros algún Roberto "a la mochila" o, en su defecto, unos buenos prismáticos y una guía de aves, por ejemplo...
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